ANAYA, VACIEDAD E IMPUDICIA; MEADE, CEGUERA Y EXTREMISMO IDEOLÓGICO

José Valenzuela Feijóo


ANAYA, VACIEDAD E IMPUDICIA

A las próximas elecciones presidenciales, la derecha mexicana neoliberal llega dividida y con dos candidatos bastante mediocres. Uno de ellos, es Anaya, que va por el PAN y los restos que van quedando del PRD o “grupo de los chuchos”.
Anaya, siendo del PAN, se inscribe en la extrema derecha mexicana. Con una diferencia nada menor. Es un panista de nueva generación, ya muy alejado de los fundadores, de Gómez Morín y otros que lo siguieron. Este grupo, era de derecha y bastante clerical. Con un rasgo que importa subrayar: se movían en política con un halo de idealismo y hasta de “decencia” que no era menor. Por el tremendo peso del PRI en los antiguos tiempos y por el real ostracismo en que se movían, necesitaban –para subsistir- de una componente espiritual y ética que no era despreciable. Todas las distancias guardadas eran algo parecido a los viejos cristianos, los de las catacumbas. También estaban influenciados por las encíclicas papales con contenido social, como la Rerum Novarum y siguientes. Además, en un porcentaje no menor, sus mejores dirigentes no aspiraban a la política para acumular un buen capital. Por lo demás, para nada eran “curas descalzos”: manejaban grandes haciendas, empresas y bancos. En su estilo, usar la política para engordar el bolsillo, no era propio de caballeros.
Con un más o con un menos, el viejo PAN operaba con esos ingredientes. El nuevo, es uno que se desarrolló con especial fuerza a partir del gobierno de Fox y del despliegue del modelo económico neoliberal. En este caso, el dinero y el poder, logrados a cualquier precio, incluso el de la decencia, se transforman en la primera finalidad de la vida. Aquí, el fin justifica los medios y si es necesario mentir, traicionar, robar y hasta asesinar, se sigue adelante con una impresionante “fuerza de voluntad”. Y se comprende el impacto que esta actitud moral tienen en el ejercicio de la política.
Anaya pertenece a esta nueva generación de políticos panistas. Son como “hijos naturales” de Fox. Entienden la política como un negocio, y los negocios como actividad política. Para ser políticos, creen firmemente que también deben ser capitalistas. Aunque capitalistas un tanto especiales: la mayoría de sus negocios están localizados en sectores improductivos y en la gestión de sus empresas suelen practicar el ausentismo casi absoluto. Delegan la gestión y se limitan a cobrar sus ganancias. En breve, como clase empresarial son un verdadero himno a la inutilidad. Por lo mismo, se pueden calificar como segmento social del todo superfluo.
En este marco, se entiende que en nada contribuyen al crecimiento económico del país. Amén de que, como políticos, son evidentes agentes impulsores de la corrupción. Si alguien quisiera buscar en estos nuevos políticos (“pirruris”, “juniors”, “hijos del Itam”, etc.) una clara concepción del país, una buena comprensión de su historia y un real proyecto de nación a futuro, perderá completamente su tiempo. No están para estudiar y pensar con seriedad: éstas, son actividades que, para ellos, no rinden dividendos.
Anaya es parte de esta nueva generación panista neoliberal, superficial, vanidosa, mediática y muy ajena a los ideales caballerescos de ética y decencia. Tiene algunos negocios que, se dice, son muy turbios y que, en todo caso, le parecen rendir elevadísimos beneficios. Los escrúpulos y el respeto a sus semejantes, no son su fuerte. Es de los “políticos pirruris”, audaces y trepadores, de los que a sus rivales le meten el codo hasta el fondo de la garganta. Su ascenso en el PAN, hasta llegar a ser su dirigente nacional parece marcado por tal estilo.
Anaya, es de los que cultivan lo que parece nuevo, en el mejor estilo mercantil, mediático y publicitario. El ideal, aquí, es vivir a la moda, usando a lo aparentemente nuevo, como factor de prestigio social. Y cambiar de “ideas” y valores como quien se cambia los calcetines. Lo curioso es que, ante lo verdaderamente nuevo, manifiestan un terror metafísico. En materias de economía, por ejemplo, hacen abluciones infinitas: nos hablan de lo “bueno que es el libre mercado” y defienden a rajatabla a economías (como las neoliberales) del todo dominadas por estructuras monopólicas. También señalan que la intervención estatal es dañina y atentatoria a la libertad de los humanos. Confunden estadista con estatista y, sin saberlo, son seguidores de Adam Smith y de los que inauguraron la escuela neoclásica (los “marginalistas”) allá por 1870 o antes. También de Milton Friedman (el que fuera asesor de Pinochet, el dictador sudamericano), en sus versiones más populacheras. Pero se creen libertarios y novedosos.
Este político maneja una oratoria que recuerda a los leguleyos litigantes. O lo que la jerga popular denomina “pica-pleitos”: hablan hasta por los codos y se creen infalibles. Para lo cual, si es necesario decir que el sol es de color negro, no vacilan en hacerlo. Su falta de ideas sólidas tiene expresiones múltiples. Podemos elegir dos: frente a la extrema pobreza, termina por copiar al “populista” AMLO: si éste ofrece 20, Anaya cree ser realista y ofrece 80. Igual que Meade quiere preservar el modelo neoliberal y rechaza volver al pasado. Es curioso, entre 1940 y 1982 (fase “populista”), el PIB crecía entre 6-7% promedio anual. Luego, durante la época neoliberal (de 1982 a la fecha), el PIB crece en el orden del 2.0%. ¿Por qué esta extraña preferencia? ¿Será porque hay un delgado 1% que sí obtiene ganancias espectaculares y no desean soltar el cuerno de oro?
En las últimas semanas, para darle “contenido” a su campaña, Anaya recurre a la “poesía”. Nos habla de niños que ríen, de jóvenes que bailan, de adultos etc. Si Villaurrutia o López Velarde escucharan, se suicidan. En verdad, si como poeta es degradado, como político es de una vaciedad total. Un filósofo alemán, de seguro lo tomaría para ejemplificar la noción de vacío absoluto.

MEADE : CEGUERA Y EXTREMISMO IDEOLÓGICO

Por ideología, podemos entender una visión distorsionada de la realidad, en la que la distorsión viene causada por intereses sociales (clasistas, para ser más precisos) tales o cuales. Hay visiones ideológicas que suelen ser sofisticadas y otras que son muy burdas. Durante la Edad Media europea, la filosofía tomista es un buen ejemplo de una visión ideológica sofisticada (para su tiempo). Hoy, en México, la ideología que practican los teólogos del Itam, es una expresión bastante burda y que se importa por completo de algunos textos o cursos introductorios, impartidos en algunas universidades estadounidenses. Intelectualmente, es una basura. En términos mediáticos, ha llegado a ser lo dominante.
Entre otras perlas, esta ideología explica las ganancias del capital a partir del “sacrificio” de su consumo que harían los capitalistas. O sea, si éstos no reciben ganancias, no ahorrarán. Y si no hay ahorro, no hay inversión ni crecimiento. Que los capitalistas se abstengan de consumir (¿son faquires los Azcárraga, Slim y cía.?)  es una broma macabra. Y si observamos la experiencia de México desde 1982 a la fecha, vemos que el ingreso que va a los capitalistas ha crecido en términos desorbitantes (la plusvalía llega ya a un 85% o más del Ingreso Nacional), pero han invertido muy poco y el crecimiento ha sido casi igual al de la población. O sea, un desempeño económico aberrante y que contradice frontalmente a la teología de Meade y del Itam. Y valga agregar: en el período neoliberal, la inestabilidad macroeconómica (PIB, Inversión, PIB industrial) se ha triplicado respecto al período previo de 1940-1980. Pero con una desfachatez desopilante, siguen hablando de estabilidad macro.
Otro ejemplo: la ideología neoliberal trabaja un modelo teórico de “libre competencia”. Sus rasgos, poco coinciden incluso con los del capitalismo de libre competencia real (vigente, en el Primer Mundo, allá por el siglo 19). Pero lo que es mucho peor: en el mundo contemporáneo, lo que domina en términos aplastantes son las estructuras monopólicas, en la producción interna y en el comercio internacional. No obstante, la ideología es tan fuerte que insisten en la relevancia del modelo. En toda ciencia auténtica, si la realidad no coincide con el modelo teórico, éste se recompone. Pero en el corpus neoclásico de los Meade, Videgaray y cía., si difieren realidad y teoría, la respuesta es tanto peor para la realidad. Si fueran físicos, seguirían con la física de Aristóteles, renegando de Newton, de Planck y de Einstein.
La lista de distorsiones se podría alargar ad-infinitum. Pero en una nota no es del caso ni posible hacerlo. La pregunta que emerge es la de ¿por qué tan terca deformación de lo real? ¿Qué factores pueden explicar tamaña terquedad? Para el caso, siempre se recomienda acudir a la interrogante de los latinos: ¿cui bono? ¿A quién le sirven estas deformaciones de la realidad?
En el caso concreto que nos preocupa la respuesta es clara. Tal ideologización o distorsión le resulta favorable a la muy delgada capa social que se beneficia con el funcionamiento del modelo neoliberal. En México, se estima que los grandes beneficiados giran en torno a unas 400-500 familias. El grupo es delgadísimo, pero controla el poder económico, el poder político y el poder ideológico del país. Y especialmente con cargo a este último factor (o “dictadura mediática”) se ha logrado imponer una gigantesca falsa conciencia social en el país. Al punto que una parte importante de los más desarrapados terminan votando en favor de los grandes banqueros.
La sobre-ideologización es causal de ceguera. Por lo menos de un estrabismo agudo. Pero en Meade hay algo más. Se auto-proclama como el mejor en todo; un poco más y se dice delantero goleador. Sobremanera, se declara un modelo de honradez. Y también apunta que tiene una larguísima experiencia en el sector público, trabajando para el PRI y para el PAN. Esta alta “elasticidad” va asociada, si creemos en sus palabras, a una miopía excepcional. Ha vivido 20 o más años al lado de personajes cuya corrupción es desmesurada y no ha visto nada, escuchado nada, percibido nada, pensado nada. Por lo mismo se ha quedado calladito. “Quel solitude” diría algún gabacho. ¡Qué ceguera más calculada! diría el pueblo azteca. 

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