jueves, 3 de mayo de 2012

Carlos Marx (5 de mayo de 1818-14 de marzo de 1883)

Por: Jaime Ornelas Delgado           


 
El próximo sábado 5 de mayo se cumplen 194 años del nacimiento en Treverís, Alemania, de Carlos Marx, el científico social más influyente en el mundo contemporáneo.
Para asombro de muchos, Marx ha sobrevivido a varias generaciones de críticos, detractores, enterradores y a pesar de muchos que han actuado en su nombre o lo han usado como coartada para sus andanzas en la política y en la academia.
El genio de Marx ha permitido comprender la esencia del funcionamiento del capitalismo y ha logrado responder con solvencia a preguntas acuciantes, como ¿por qué ese modo de producción que ha permitido producir la mayor cantidad de riqueza en la historia de la humanidad, mantiene a miles de millones de personas en la pobreza? Además ha develado también Marx las razones por la cuáles en el capitalismo la riqueza se concentra en una minoría, cada vez más pequeña, a cambio de la miseria de creciente mayoría de la población.
Contra la opinión de diversos apologistas del capitalismo que han proclamado, y sostienen todavía, que las “sombras de pobreza humana” existentes en el capitalismo se borrarán con el tiempo y el desarrollo, la historia ha mostrado –y Marx expuso las razones del por qué esto es así–, que hay algo en la esencia del funcionamiento del capitalismo que genera la desigualdad y la pobreza de los más frente a la riqueza y el bienestar de la minoría: la explotación de los trabajadores.
Así, en la medida que el valor se produce mediante la relación entre el trabajador asalariado –que vende su fuerza de trabajo para subsistir– y el patrón propietario de los medios de producción, se mantendrá y profundizará la pobreza de los trabajadores y aumentará sin límite alguno la riqueza de los capitalistas. En otras palabras, en tanto el capitalismo es un modo de producción donde se socializa cada vez más la producción, ésta es apropiada de manera privada; con ello, la miseria y la polarización social son inevitables y se han convertido en la forma de ser del régimen capitalista.
Carlos Marx fue el primer pensador que permitió el estudio del capitalismo como un todo; al mismo tiempo, puso de relieve sus contradicciones internas hasta llegar a sus orígenes históricos y, de la misma forma, planteó Marx la eventual caída del capitalismo como resultado de esas contradicciones que resultan en la unidad y movilización de los explotados como la única fuerza real capaz de transformar a la sociedad capitalista.
Para Marx, la sociedad burguesa proclama cuestiones, cuyo cumplimiento estaba fuera de su alcance. Las consignas de la revolución francesa “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, con toda su fuerza ideológica se convertían en anhelos frustrados; a cambio, esa revolución y otras emprendidas con la burguesía a la cabeza, han terminado en el establecimiento de un régimen de pobreza y explotación para los trabajadores.
Pero la pobreza y la desigualad imperantes en las sociedades capitalistas, no se corresponde con las energías y capacidades que se han desatado en ellas, hasta convertirlas en las primeras “en demostrar lo que puede realizar la actividad humana.” Sin embargo, esas energías y capacidades enormes no han servido para liberar a los trabajadores de la fatiga inútil, de la explotación alienante y al contrario de cómo pensaban los economistas liberales, Marx no atribuía la pobreza y la desigualdad a la escasez, sino a la forma en que el sistema capitalista se organiza y funciona para crear la enorme riqueza de la que se apropian unos cuantos. En el capitalismo, la igualad para unos significa la desigualdad de los demás y la libertad de que disfrutan algunos supone la opresión para muchos más.
De la misma forma, la prosperidad de un puñado de naciones significó la existencia de colonias sometidas a la más brutal explotación de hombres y recursos naturales. La riqueza para las colonias fue una especie de maldición para la población y, concluye López Velarde, fue el diablo quien le escrituró a la Patria “los veneros del petróleo”.
La comprensión de estos procesos sociales de explotación y dependencia, le impedían a Marx ser un intelectual ingenuo. Nunca habló de una sociedad perfecta, absurdo fuera. No creía en la santidad de los trabajadores explotados, ni suponía perversos a sus explotadores. Simple y llanamente creía posible construir una sociedad mejor y luchó toda su vida por construirla. Formó partidos y asociaciones internacionales para transformar el mundo que veía injusto; reflexionó sobre la lucha de clases como motor de la historia y dio a los trabajadores los instrumentos que les permiten comprender el funcionamiento del sistema que los somete y los explota; además de alentarlos siempre a luchar para transformarlo en otra sociedad posible.
Finalmente, siempre creyó Marx que la sociedad era capaz de producir lo suficiente como para resolver la mayor parte o todos los problemas materiales y espirituales de la población. Para eso había que organizarla de manera distinta, hacer que los elevados niveles de socialización de la producción se correspondieran con la socialización de la propiedad de los medios de producción, lo cual permitiría una razonable forma de distribución de la riqueza. Una sociedad así, podría permitir a los hombres y mujeres realizar plenamente sus potencialidades y aportar sus capacidades para que todos satisfagan sus necesidades. En todo caso, el otro debe ser el terreno de nuestra propia realización, al mismo tiempo que nosotros somos el espacio donde se realizan los demás. A nivel interpersonal, esto es lo que se conoce como amor y Marx, en el plano político, lo hubiera llamado con razón socialismo.
Las ideas de Marx han inspirado buena parte de los movimientos sociales y de liberación nacional ocurridos en el siglo XX y su vigencia, su relanzamiento ahora que en América Latina diversos países construyen sociedades posneoliberales, exige revisitar su obra y, antes de satanizarlo, leerlo sin prejuicios pues es un pensador demasiado sugerente y creativo como para ignorarlo.

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