miércoles, 25 de enero de 2012

América Latina: alternativas frente a la crisis / I de V

José C. Valenzuela Feijóo           
La Jornada de Oriente
Men at some time are
masters of their fates
W. Shakespeare, Julius Caesar
El capitalismo, a lo largo de su desarrollo histórico, junto a un crecimiento significativo (del Producto Interno Bruto por habitante y de la productividad del trabajo), nos muestra una trayectoria de oscilaciones en el Producto Interno Bruto (PIB) que se repiten una y otra vez. Es el denominado curso cíclico del sistema: a periodos de expansión le suceden fases de recesión económica. Este comportamiento cíclico es inherente y específico del régimen capitalista: no ha existido antes y se puede pronosticar que después tampoco tendrá lugar. En suma, se trata de un fenómeno históricamente delimitado. Luego, si es algo propio del régimen capitalista, debemos también suponer que se trata de un fenómeno endógenamente determinado.
En el curso cíclico, en términos gruesos se pueden distinguir dos fases y dos momentos. La primera fase es la del auge cíclico, en que los niveles de actividad económica (Inversión, PIB, ocupación, etcétera) se expanden. La fase desemboca en el punto de crisis en el cual cesa el crecimiento y se abre un periodo de recesión. Esta fase de recesión (o contracción) implica descensos en los niveles de inversión, del PIB, de la ocupación, etcétera. Desemboca en un punto en que el descenso se detiene y se arriba al punto de recuperación. Tenemos entonces dos puntos o momentos: el que marca el punto más alto o crisis y el que marca el punto más bajo (o recuperación). Y dos fases, la de auge y la de recesión. La longitud del ciclo se mide en términos del tiempo que transcurre entre el punto más bajo inicial y el punto más bajo final. La profundidad según los niveles de ascenso o descenso de la actividad económica.
El ciclo y las crisis que le acompañan como parte esencial, no son una desgracia. Cumplen una función vital en el desarrollo del sistema: al capitalismo le son funcionales. ¿En qué radica la funcionalidad de las crisis?
Para bien entender este aspecto conviene recordar dos aspectos elementales: en el capitalismo, la producción se subordina a la lógica del capital y ésta es una lógica de valorización: el famosos D–M–D’ de Marx. En otras palabras, se produce para obtener ganancias, para valorizar el capital (maximizar (D’–D)/D ). Si esto no tiene lugar, la producción simplemente se paraliza, así haya ingentes masas de desocupados y tremendos déficit en el plano del bienestar material. En segundo lugar tenemos que durante la fase de auge, se van dando ciertos procesos que desembocan en un descenso de la tasa de ganancia. Con lo cual, la inversión se desploma y empiezan a descender los niveles de la actividad económica. Conviene recalcarlo: el descenso de la tasa de ganancia y la crisis que le sigue no caen desde los santos cielos, son engendrados por el mismo proceso de auge y desarrollo previos. En corto: es el auge el que engendra la crisis. Tercero, la crisis abre el periodo de recesión y en esta fase se despliegan procesos económicos que, al cabo de cierto tiempo, recomponen las condiciones de valorización del capital. Y cuando esto tiene lugar, se arriba al punto de recuperación, el cual abre una nueva fase de auge económico: los capitalistas encuentran de nuevo motivos para invertir y con ello se vuelve a expandir la actividad económica. En que el punto a subrayar sería: es la recesión la que engendra el punto de recuperación y,por lo mismo,un nuevo auge. Tal es la lógica interna del sistema: un auge que provoca la recesión y una recesión que provoca un nuevo auge y así sucesivamente. En términos metafóricos, podríamos decir que la crisis es la manifestación o señal que se ha acumulado demasiada basura en los ductos del sistema. Y que la recesión es la encargada de limpiar esos ductos y, por lo mismo, de poner al sistema en nuevas condiciones de funcionar dinámicamente. Por eso se habla de funcionalidad.
Cuando la recesión cumple esas funciones de limpieza de los ductos, cuando recompone la tasa de ganancia y por ende vuelve a dinamiza la acumulación y el crecimiento, se habla de un “ciclo bien comportado”. En la mayoría de los casos conocidos, tal ha sido la situación. Pero de vez en vez, en el lapso de unos 40–50 años, tales funciones no se cumplen bien. La recesión se alarga, la recuperación se tarda más de lo usual, y cuando tiene lugar es débil y anémica. Por ejemplo, como hoy (fines de 2011) vemos en Estados Unidos y Europa, dura poco tiempo, genera un crecimiento que es bajo e irregular, que mantiene altas de desocupación y que amenaza con una nueva recesión en un plazo anormalmente corto. En este caso, se puede hablar de un “ciclo perverso o mal comportado”.
Detrás de un “ciclo perverso” o “mal comportado” suelen esconderse problemas de orden mayor. Estos tienen que ver con una estructura –“patrón de acumulación”, “estructura social de la acumulación” o algo semejante– que ya no funciona, que ha periclitado como ordenamiento socioeconómico favorable a la acumulación capitalista. La enfermedad es más grave y no puede ser curada con el puro recurso de una recesión clásica. Se necesita de una cirugía mayor, que permita el ascenso a un nuevo patrón de acumulación. De momento, no pensamos en un salto a una sociedad pos–capitalista. El punto es otro: es el mismo capitalismo, respetando sus rasgos más esenciales, el que exige un cambio de orden estructural. Si así se dan las cosas, tenemos que una crisis cíclica también aparece como expresión de una crisis estructural (i.e. de un determinado patrón de acumulación) del sistema.
Nuestra hipótesis es que la crisis cíclica que empieza en 2007 y se extiende hasta 2009 o un poco más, es también una crisis de orden estructural. De dónde la pregunta: ¿cuáles son las estructuras que deben eliminarse? ¿Cuáles son las de reemplazo?
Valga advertir: una crisis de orden estructural abre algunos grados de libertad, pero –en términos generales– éstos son pocos. Es decir, por lo común no hay una única ruta de salida, pero tampoco existe multiplicidad de alternativas. Para el caso podemos hablar de “coerción estructural del cambio histórico”. En otras palabras: díme qué es lo que entra en crisis y te diré cuáles son las salidas posibles: las salidas no son independientes de lo que ha entrado en crisis. Por ejemplo, si uno de los problemas centrales ha sido una pésima distribución del ingreso que provoca una demanda efectiva insuficiente, superar la crisis con cargo a la represión salarial (receta neoclásica usual), sólo exacerba la crisis.2 Este mismo problema, visto desde un ángulo más general, nos pone frente a una noción o hipótesis más abstracta: el cambio social también está sujeto a leyes objetivas. Que si esto no se cumpliera, no se podría construir ninguna teoría del cambio social. Lo cual, entre otras cosas, también significa que las estructuras existentes, incluyendo las que deben fenecer, abren ciertas posibilidades al cambio a la vez que niegan otras.
1. Departamento de Economía, Universidad Autónoma Metropolitana, México
2. Sobre las causas de la crisis, tema
que aquí no abordamos, ver José Valenzuela Feijóo, “La gran crisis del capital. Trasfondo estructural e impacto en México”.
UAM, México, 2009. En este texto se
rechaza la idea de una crisis
puramente financiera y se argumenta que
hay un fondo real y estructural que está a la base de los mismos problemas financieros

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