miércoles, 24 de noviembre de 2010

Irlanda: bajo el imperio del capital financiero

Alejandro Nadal

Los medios están repletos de referencias sobre el rescate de la economía irlandesa. Pero es más correcto hablar de un salvamento para los bancos del Reino Unido, Francia y Alemania. Eso sí, las duras condiciones que se imponen al pueblo irlandés corresponden a un tributo oneroso. Ese pueblo pagará, pero eso no lo convierte en sujeto del rescate.

¿Cómo evolucionó la crisis en Irlanda? En los años noventa la expansión de la burbuja de bienes raíces fue espectacular. Buena parte del crecimiento del PIB entre 1994 y 2007 se debe al desarrollo de proyectos inmobiliarios. El comportamiento del sistema bancario fue totalmente irresponsable: se recurrió a préstamos de tres meses para financiar proyectos con vencimientos de dos o tres años. La palabra “prudencia” fue expulsada del léxico de los banqueros.

En septiembre de 2008 la bomba explotó. El año siguiente el gobierno decidió salvar a los bancos y estableció la NAMA o Agencia Nacional de Administración de Activos, entidad especial para comprar los activos tóxicos de los bancos cubiertos con el seguro de depósitos. El valor en libros de esos activos ascendía a 88 mil millones de euros (mmde); su valor de mercado era de 47 mmde. El déficit público se fue a las nubes (32 por ciento del PIB) y la vulnerabilidad externa aumentó abruptamente.

Todavía en septiembre Irlanda hubiera podido enderezar el barco de otra manera, menos onerosa e injusta. En ese mes vencieron bonos de los bancos irlandeses por unos 55 mil millones de euros. Esos bonos eran detentados por bancos ingleses, alemanes y franceses. El gobierno cometió un gran error: pidió ayuda y pudo pagar con dinero prestado del Banco Central Europeo (BCE). Vale la pena detenerse para ver los detalles.

Hasta ese momento Dublín tenía una buena razón legal para repudiar todos sus compromisos legales con los bancos. La razón es que varios de ellos violaron la legislación vigente al disfrazar información sobre su estado de solvencia. Eso liberaba al gobierno y le hubiera permitido ejecutar un rescate mucho menos costoso e injusto. Podía haber ordenado la intervención de los bancos y que el saldo remanente de sus pasivos se convirtiera en acciones de los bancos, lo que le hubiera permitido salir menos dañado y más rápido de la crisis bancaria. Pero el pago de los 55 mmde con ayuda del BCE hizo imposible seguir la opción de compartir los costos con los tenedores de bonos.

Hace dos meses Irlanda estaba en la encrucijada. O adoptaba la decisión de solucionar la crisis bancaria de una manera más sensata o pedía ayuda para regresarle hasta el último centavo a los tenedores de bonos. Y escogió la segunda opción, dando la espalda a sus compromisos con el pueblo irlandés y confirmando su entrega a los bancos. El BCE le otorgó esa ayuda sabiendo que Irlanda regresaría de rodillas para aceptar un nuevo rescate, lo que hoy ha quedado confirmado. Dublín pudo haber nacionalizado a todos los bancos, pero parece que la banca internacional se le adelantó y compró primero al gobierno.

La principal preocupación del BCE es la solvencia de los bancos alemanes y franceses que tanto se expusieron en Irlanda y otros países. Y el plan de rescate está diseñado para mantener sus estados financieros en buena situación. Los bancos y sus dirigentes quedarán satisfechos del rescate, mientras el gobierno en Dublín tendrá todo el agradecimiento de sus amos en Londres, París y Berlín.

Sin embargo, la carga fiscal de este tipo de compromisos rebasa todo. Y, por otra parte, los mercados financieros han colocado la deuda soberana irlandesa en el mismo nivel de riesgo que los bonos chatarra de Ucrania, Pakistán, Grecia y Argentina.

El plan del BCE-FMI consiste en reducir el déficit fiscal a 3 por ciento del PIB, imponiendo recortes al gasto social, reducciones de los salarios mínimos y del seguro de desempleo. Pero los impuestos a las sociedades seguirán en el nivel más bajo de la Unión Europea (12.5 por ciento) y las transacciones financieras se mantienen sin gravamen. Será difícil reducir el déficit de ese modo, y el estancamiento reducirá todavía más la recaudación. La receta de “bajar impuestos para crecer” ha quedado más desprestigiada que nunca.

Irlanda ha dejado de ser una república independiente y se convirtió en el protectorado del BCE y del FMI. El gobierno de Irlanda ha defraudado a su pueblo. Lo engañó primero haciéndole creer que su modelo económico era un éxito. Le tendió una trampa después con el rescate de los bancos locales y europeos. Se sometió al diktat del BCE, el cual determinó el formato y contenido de las negociaciones para el “rescate”. Hoy los poderosos han sido rescatados. Los demás pueden hundirse y trabajar para pagar el tributo.

En el Ulises, la novela de James Joyce, Stephen Dedalus se queja de que Irlanda era el esclavo de dos amos, el imperio británico y la santa Iglesia apostólica y romana. Hoy podría quejarse del yugo que le imponen los pontífices del capital financiero y sus agentes en el Banco Central Europeo.

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