sábado, 6 de noviembre de 2010

Fausto al teclado: una crítica de la película “La red social” (David Fincher, 2010)

Àngel Ferrero

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Con tan sólo 26 años, Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, es el multimillonario más joven de toda la historia moderna. Según la revista Forbes, su fortuna personal –sin contar las acciones privadas en mercados secundarios– está valorada, según datos de julio de 2010, en más de seis mil millones de dólares. [1] Zuckerberg posee el 24% de las acciones de una empresa, Facebook Inc., que cuenta con 1.700 empleados y sedes en Palo Alto (California, EE.UU.), Dublín (Irlanda), Seúl (Corea del Sur), Wellington (Nueva Zelanda) y Hyderabad (India) y unos ingresos estimados de 800 millones de dólares. [2] Una búsqueda sencilla en Google de la palabra “Facebook” arroja 2.420.000.000 resultados. El meteórico ascenso de Zuckerberg al Olimpo de los hombres más ricos del mundo era sin duda material para una película, como lo fue para Orson Welles la vida de William Randolph Hearst en Ciudadano Kane (1941), y no creo exagerar al escribir que puede que La red social (The social network, David Fincher 2010) sea para una nueva generación de espectadores cinematográficos que consumen más tiempo delante de la pantalla de ordenador que ante la de la televisión lo que la película de Welles representó para quienes su vida giraba en torno a la prensa de masas y la radio como principales medios de comunicación.
La mayoría de críticos han coincidido en subrayar la paradoja de que fuesen personas con escasas aptitudes sociales, como el propio Zuckerberg –excelentemente interpretado por Jesse Eisenberg–, los creadores de la mayor red social del mundo, con 512 millones de usuarios activos en más de 200 países y una media diaria de 250.000 altas en el servicio. Muy cierto. Según lo muestra La red social –una película que transcurre en su mayor parte en despachos de abogados y aún así logra mantener constante el interés del espectador durante dos horas–, en su origen Facebook no fue más que el producto de que Zuckerberg volcase en el trabajo de programación una serie de frustraciones personales que van desde el rechazo sentimental hasta la marginación social por motivos de clase. De ahí que Zuckerberg exportase “la estructura social de la universidad” (y más concretamente: de una universidad norteamericana) a Internet: el nombre de la página –que empezó en las universidades de la Ivy League para saltar a la Universidad de Stanford, en la Costa Oeste, y de ahí a las universidades Reino Unido antes de generalizarse a cualquier usuario mayor de 13 años– proviene del que se da a los libros de fotografías que se proporciona a los estudiantes de primer curso en las universidades estadounidenses con la información básica para que se conozcan entre sí.
Pero La red social también es el retrato de un nuevo tipo social de capitalista. Si Pozos de ambición (It will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007), la adaptación de la novela Oil! de Upton Sinclair, era el retrato del nacimiento de los reyes del petróleo; si Wall Street: el dinero nunca duerme (Wall Street: Money Never Sleeps, Oliver Stone, 2010) ha traído de vuelta a la cartelera a los tiburones financieros de la película de 1987; La red social retrata la última forma del empresario –uno que, lejos de exteriorizar su estatus social, viste sudadera y calza chanclas– surgido de lo que Ernst Mandel calificó, en sus inicios mismos, de tercera revolución tecnológica, un ciclo del capitalismo tardío que, lejos de suponer su desarrollo hacia un nivel más alto de las relaciones sociales o incluso su extinción, como fantasean algunos autores de la posmodernidad y teóricos de la autonomía [3], no ha supuesto más que el desplazamiento del mundo del trabajo por el de las finanzas tanto como la explotación a fondo de los viejos mercados y su expansión hacia nuevos territorios, como el que nos ocupa, pues un programa informático no es otra cosa que «una parcela de trabajo intelectual muerto acumulado» [4] ¿y no fue la burbuja tecnológica de 1995-2000 un ejemplo, por cierto bastante espectacular, de especulación bursátil y antecedente directo de la burbuja inmobiliaria que nos ha conducido a la actual crisis económica mundial?

Aunque La red social sólo se ocupa de la génesis de Facebook –de cómo Zuckerberg fue ascendiendo en la escala social ayudándose de los cadáveres apilados de antiguos colaboradores (todos los cuales, irónicamente, terminaron abriéndose una cuenta de Facebook) para trepar por ella–, los trapos sucios no se agotan solamente en la disputa en torno a su creación o la disoluta vida de su asesor, el también creador de Napster Sean Parker: además de Zuckerberg, actualmente la dirección de Facebook la componen cinco personas, entres las cuales se encuentra Peter Thiel –un neocon que cuenta con mayordomo con librea y cuyo credo político puede resumirse en su frase «no creo que la democracia y la libertad sean compatibles» [5]–, siendo Jim Breyer, socio de la empresa de capital riesgo Accel Partner, uno de los más importantes miembros de su consejo ejecutivo. Según escribe Tom Hodgkinson para The Guardian, la «más reciente serie de fondos de Facebook la aportó una compañía llamada Greylock Venture Capital, que puso una suma de 27,5 millones de dólares. Uno de los veteranos de Greylock se llama Howard Cox […] que está también en la dirección de In-Q-Tel. Bien, créase o no (compruébese en su página web), éste es el sector de capital de riesgo de la CIA […] que “identifica y acompaña a las compañías en el desarrollo de tecnología punta para distribuir esas soluciones a la CIA y al grueso de la comunidad de inteligencia de los EEUU para sus próximas misiones”. El primer presidente de In-Q-Tel fue Gilman Louei, que fue miembro de la dirección de la NVCA con Breyer. Otra figura clave en el equipo In-Q-Tel es Anita K. Jones, ex directora de investigación en defensa e ingeniería para el departamento de defensa de los EEUU y ―con Breyer― miembro de la directiva de BBN Technologies.» [6] James K. Glassman, subsecretario del estado de diplomacia con George W. Bush y presidente de la Broadcasting Board of Governors, una agencia federal que proporciona contenidos a Voice of America, Radio Free Europe/Radio Liberty, the Middle East Broadcasting Networks (Alhurra TV y Radio Sawa), Radio Free Asia y la Office of Cuba Broadcasting (Radio y TV Marti) –altavoces, como es sabido, de la propaganda estadounidense por todo el globo– dijo en una reciente conferencia patrocinada, entre otros, por Facebook, que páginas como la de Zuckerberg «proporcionan a los EE.UU. una ventaja competitiva significativa sobre los terroristas. […] Al Qaeda se ha quedado en la Web 1.0. Internet trata ahora sobre interactividad y conversación.» [7]
Facebook es, además, una inestimable fuente de datos para las empresas, dado que es el usuario mismo quien proporciona –a veces sin su conocimiento, merced a una política de privacidad que hace que toda la información sea visible por defecto– toda su información personal a Facebook, quien, a su vez, se la vende a los anunciantes, que pueden ahorrarse así los costosos espacios publicitarios en prensa –¿qué rotativo puede ofrecer un mercado potencial de un centenar de millón de lectores?– y los muchos más costosos estudios de mercado para predecir, clasificar y segmentar a los futuros consumidores: «Facebook permite –escribe Patricia Manrique– mediante su sistema de anuncios, acertar plenamente en el público objetivo y tener información de retorno. ¿Cómo? Cada vez que se pincha un anuncio en Facebook Ads, se consiente que la información de quien clica llegue al anunciante. Luego, se ‘bombardea’ al público objetivo en su propio perfil. Así, la red social de Zuckerberg obtuvo, según Reuters, 645 millones de euros en publicidad en 2009, y se prevé que serán 733 millones en 2010.» [8] Este tipo de publicidad y servicios personalizados –que Faebook comparte con Google y Amazon–, según advierte Eli Pariser, es además peligroso al conectar al usuario a sí mismo y no, como se supone, a los demás, impidiéndole explorar nuevos caminos, creando una suerte de “burbuja” para el usuario «que más que satisfacer el amplio espectro de la experiencia humana nos encierra en una serie de etiquetas de interés.» [9]
Esta cuanto menos laxa política de privacidad –Zuckerberg calificó en los inicios de Facebook a sus usuarios de «cretinos de mierda que confían en mí» sin saber por qué [10]– que dificulta extraordinariamente la eliminación de perfiles y filtra continuamente información de los usuarios a los anunciantes –algo repetidamente denunciado por asociaciones de derechos civiles como la American Civil Liberties Union (ACLU), el Electronic Privacy Information Center o la Electronic Frontier Foundation [11]– es aprovechada también por el Home Office británico y el Departamento de Inmigración estadounidense para espiar a sus ciudadanos. [12] En ocasiones ha sido el propio Facebook quien se ha adelantado a los gobiernos y eliminado o bloqueado páginas de organizaciones –como ha ocurrido recientemente en Alemania con una iniciativa antifascista o una plataforma ecologista antinuclear– hasta que la presión de los medios de comunicación las ha obligado a reabrir, lo que debería funcionar como recordatorio para los evangelistas de las redes sociales de que lo que tiene verdadero poder de influencia es la organización ciudadana y no el canal de comunicación –en este caso Facebook– que se utiliza. [13]
Más allá incluso de las oscuras afinidades político-económicas de su junta directiva, lo que los propagandistas –incluidos algunos “de izquierdas”– de las redes sociales son incapaces de ver es que toda tecnología satisface una serie de necesidades, pero crea a la vez otras nuevas. El problema con Facebook es que tiende a confundirse la base tecnológica que facilita todo lo que se valora positivamente de él –como, pongamos por caso, la inmediatez en la comunicación– con el objeto mismo. Aunque no conviene exagerar los peligros de Facebook, parece difícilmente refutable que Facebook está modificando las pautas de comportamiento social de muchas personas y no parece que lo esté haciendo precisamente para bien. [14] Como escribe Tom Hodgkinson, Facebook alimenta «una suerte de vanidad y engreimiento en nosotros. Si cuelgo un retrato mío en la lista de mis cosas favoritas, puedo construir una representación artificial de quién soy para conseguir sexo o aprobación (“me gusta Facebook”, me dijo otro amigo, “conseguí echar un polvo”). También incentiva una competitividad inquietante entre las amistades; parece que, con los amigos, hoy en día la calidad no cuenta para nada y la cantidad es la reina. Cuantos más amigos tiene, mejor es usted. Es usted “popular”, en el sentido que gusta a las escuelas superiores americanas. Como prueba, la portada de la nueva revista Facebook de Dennis Publishing: “Cómo doblar su lista de amigos”.»
Facebook está cambiando el concepto mismo de privacidad –¿Por qué alguien querría hacer pública su vida privada? ¿Acaso no puede quererse mantener para sí lo más íntimo?– haciendo que para muchas personas la organización de su vida social gire en torno a Facebook. Si usted conoce a alguien entre 15 y 30 años que no tenga Facebook, creo que sabe a qué me refiero. Peor aún: «Su enormemente exitoso negocio americano se describe a sí mismo como “una utilidad social que le conecta con la gente de su alrededor”. Pero me resisto a él. ¿Por qué necesitaría yo un ordenador para conectar con la gente que me rodea en esta Tierra de Dios? ¿Por qué debería mediar en mis relaciones una pandilla de supercretinos en California? ¿Qué hay de malo en el bar? ¿Conecta realmente Facebook a la gente? ¿No nos desconecta más de lo que nos conecta, al limitarnos a enviarles por el ciberespacio notas agramaticales y fotos divertidas, mientras nos encadena al escritorio en lugar de hacer algo placentero como hablar, comer, bailar y beber con las amistades? Un amigo me ha dicho recientemente que se pasó en el Facebook un sábado por la noche, solo en casa y bebiendo en el escritorio. Que imagen más triste. Lejos de conectarnos, el Facebook realmente nos aísla en nuestros lugares de trabajo.» [15] Como Starbucks y sus cafés con butacas y mesas de ajedrez, Facebook destruye las comunidades a la vez que nos ofrece la ilusión de participar en una.

En efecto, las redes sociales nos acercan más bien un poco más a la “muchedumbre solitaria” de la que hablase David Riesman en los años cincuenta. Según Riesman, la sociedad norteamericana de posguerra empujaba a los individuos –especialmente a aquellos que, gracias al boom económico en los tiempos de Eisenhower, se habían trasladado a los barrios de clase media de la periferia– a ajustar su comportamiento para obtener la aprobación de sus vecinos y no temer ser marginados en su comunidad (¿quién no conoce a alguien que tiene Facebook “porque todo el mundo tiene uno”?), empujándoles a renunciar a sus propios intereses y adoptar los objetivos, ideología y gustos de su comunidad (que Riesman calificó de “conocimiento dirigido a los demás”) y frenar el conocimiento de y por sí mismos. Este tipo de sociedades, según Riesman, adolecerían de profundas deficiencias en liderazgo, autoconocimiento y potencial humano. Lo que nos lleva posiblemente a la peor parte del fenómeno: el desplazamiento, en algunos casos hasta la sustitución, de la movilización política. Mucho se ufana la prensa a la hora hablar de “la revolución Twitter” en Irán o Moldavia –a pesar de que apenas existen cuentas de Twitter en Moldavia y en Irán [16]– y del miedo de las autoridades egipcias a una “revolución Facebook”, y se ha convertido ya en una costumbre citar el número de personas que apoyan tal o cual “grupo de Facebook” como termómetro de una protesta. En un reciente artículo –que lleva por inequívoco subtítulo “la revolución no será twitteada”– para el New Yorker, Malcolm Gladwell sostiene que las redes sociales no pueden proporcionar lo que el cambio social siempre ha requerido:
«Los voluntarios [del movimiento en defensa de los derechos civiles en los EE.UU. en los sesenta] fueron golpeados, disparados y perseguidos por camionetas llenas de hombres armados. Una cuarta parte de quienes participaron en el programa acabaron optando por marcharse. El activismo que desafía el statuos quo –el que ataca a problemas profundamente enraizados– no es para los débiles de espíritu. […] [El activismo] es un fenómeno de “vínculos fuertes”. […] Este patrón se muestra una y otra vez. […] Incluso las acciones revolucionarias que parecen espontáneas, como las manifestaciones en Alemania oriental que condujeron a la caída del Muro de Berlín son, en lo más hondo, un fenómeno de vínculos fuertes. El movimiento de oposición en Alemania oriental consistió en varios cientos de grupos, cada uno de los cuales contaba con apenas una docena de miembros. Cada grupo tenía un contacto limitado con los demás: en aquella época sólo el trece por ciento de los alemanes orientales contaba con un teléfono. Todo lo que sabían era que los lunes por la noche, en las puertas de la Iglesia de San Nicolás, en el centro de Leipzig, la gente se reunía para expresar su descontento hacia el estado. Y el determinante principal de quienes acudieron fue una “masa crítica de amistad”: cuantos más amigos tuvieras que fueran críticos con el régimen más posibilidades tenías de unirte a la protesta. […] El tipo de activismo asociado con las redes sociales no es en ningún caso de este tipo. Las plataformas de las redes sociales están construidas en torno a vínculos débiles. Twitter es una manera de seguir (o ser seguido por) gente con la que puede que nunca te hayas encontrado. Facebook es una herramienta para gestionar eficazmente tus contactos y para mantener la comunicación con personas con las que, de otro modo, nunca la mantendrías. Por esa razón puedes tener un millar de “amigos” en Facebook, algo que nunca podrías tener en la vida real.»
Organizar una asamblea, convencer a tus conocidos para que se afilien a un partido o a un sindicato, participen en una campaña o acudan a una manifestación –todo esto difícil y en ocasiones hasta muy difícil: requiere de dedicación, constancia y esfuerzo, con frecuencia ni siquiera se logran los objetivos. Es el tipo de compromiso que puede acarrear rechazo social y dificultades laborales. Muchos abandonan. Crear un grupo de Facebook a favor o en contra algo, por trivial que sea, es por lo contrario muy fácil. Y todavía es más fácil desplazar el cursor hasta el botón correspondiente para dar nuestro apoyo, siempre desde la comodidad y la seguridad de nuestros hogares o puestos de trabajo. No debería de extrañar que los grupos de iniciativas “políticas” en Facebook cuenten con tantos seguidores. «¿Cómo se consigue que tanta gente dé su apoyo a una campaña? No pidiéndoles demasiado. Ésa es la única manera en que puedes conseguir que alguien a quien realmente no conoces haga algo a favor tuyo. Pero no implica ningún riesgo económico ni personal; no significa tener que pasar un verano siendo perseguido por hombres armados montados en camionetas. No requiere que te enfrentes normas y prácticas socialmente bien establecidas. De hecho, es el tipo de compromiso que lo único que te proporcionará será reconocimiento social y encomio. […] En otras palabras, el activismo de Facebook logra el éxito no motivando a la gente que haga un sacrificio real sino motivándole a hacer las cosas que la gente hace cuando no están lo suficientemente motivadas para llevar a cabo un sacrificio real. […] Las cosas que [Martin Luther] King necesitaba en Birmingham –disciplina, estrategia– son cosas que las redes sociales no pueden proporcionar.»
De seguir el modelo de Facebook, los movimientos sociales pueden contribuir a un mundo de mónadas que más que navegar por Internet chapotean en sus aguas estancadas mientras las calles permanecen vacías, una alarmante imagen advertida por Noam Chomsky en Fabricando consenso. Es más: «[Facebook] desplaza nuestras energías de las organizaciones que promueven la actividad estratégica y disciplinada hacia aquellas que promueven la flexibilidad y la adaptabilidad. Facilita que los activistas puedan expresarse, pero dificulta que esa misma expresión tenga un impacto. Los instrumentos de las redes sociales están notablemente preparados para hacer que el orden social existente sea más eficiente. No son un enemigo natural del status quo. [Claro que] si eres de la opinión de que todo lo que el mundo necesita son reformas y paños calientes, esto no debería causarte ninguna preocupación.» [17] Por supuesto, nadie está defendiendo que se abandonen las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, ¿pero por qué deberían los movimientos sociales emplear una plataforma en manos de una empresa privada como Facebook cuando existe una herramienta de comunicación mucho más democrática como Indymedia y otras redes más seguras como Lorea, Elgg o Diaspora, en la que los usuarios mantienen el control de sus propios datos?
Los usuarios de Internet harían bien en hacer oídos sordos a los evangelistas de las redes sociales. No son ningún Pablo de Tarso caídos del caballo y provistos de una visión. Más bien son los usuarios de Internet quienes se encuentran debajo del caballo, a punto de ser pisoteados por él. No les estropeo el final de la película si les digo que en la última escena La red social, al compás de Baby You're a Rich Man de los Beatles, vemos al underdog Mark Zuckerberg a punto de coronar en solitario su empresa, actualizando obsesivamente su página de Facebook, esperando que su ex novia le incluya entre sus amigos y le ayude a salir del círculo en que se ha encerrado. Porque, en el fondo, este capitalista es como todos sus antecesores y se asemeja, por citar la metáfora fáustica de un filósofo por desgracia no muy recordado, al brujo que ya no es capaz de dominar las potencias subterráneas que él mismo ha conjurado.
NOTAS:
[1] “Forbes 400 richest americans”, Forbes (Consulta: 22 de octubre de 2010) [2] “Facebook '09 revenue neared $800 mn: Sources”, The Economic Times, 18 de junio de 2010. [3] Véase la crítica de Silvia Federici a los marxistas autonomistas en “El trabajo precario desde un punto de vista feminista”, Sin Permiso, 3 de enero de 2010. Traducción de María Julia Bertomeu. [4] Daniel Bensaïd, “Marx y el robo de leña. Del derecho consuetudinario de los pobres al bien común de la humanidad”, Posfacio a Karl Marx. Los debates de la Dieta Renana (Madrid, Gedisa, trad. de Juan Luis Vermal y Antonia García), pp. 120-121. [5] Jacob Weisberg, ”Hight-Tech Hogwash. What's wrong with Sylicon Valley libertarianism?”, Newsweek, 10 de octubre de 2010 [6] Tom Hodgkison, “¿Qué hay detrás de Facebook?”, Sin Permiso, 10 de febrero de 2008. Traducción de Daniel Escribano. [7] Malcolm Gladwell, The New Yorker, 4 de octubre de 2010, [8] Patricia Manrique, “Facebook: una fuente de datos para empresas”, Diagonal, 13 de septiembre de 2010. [9] Lynn Parramore, “Eli Pariser: The Future of Internet”, New Deal 2.0. 13 de octubre de 2010. [10] Jose Antonio Vargas, “The Face of Facebook”, The New Yorker, 20 de septiembre de 2010 [11] Tim Jones, “Facebook Violates Privacy Promises, Leaks User Info to Advertirsers”, Electronic Frontier Foundation, 21 de mayo de 2010. ; Richard Esguerra, “Facebook's Broken Promises: Facebook Apps Leaking Private Data to Advertirsers and Trackers”, Electronic Frontier Foundation, 18 de octubre de 2010. ; Blanca Salvatierra, “Desnudos en Internet”, Público, 23 de octubre de 2010. [12] Alan Travis, “'Surveillance state' fear as government revives tracking plan”, The Guardian, 21 de octubre de 2010. ; Jennifer Lynch, “Applying for Citizenship? U.S. Citizenship and Inmigration Wants to Be Your 'Friend'”, Electronic Frontier Foundation, 12 de octubre de 2010. [13] Andreas Speit, “Facebook löscht Anti-NPD-Seite”, tageszeitung, 10 de octubre de 2010. ; Felix Dachsel, “Castorgegner halten Facebook Zensur vor”, tageszeitung, 19 de octubre de 2010 [14] “Facebook fiends tend to be narcissistic, insecure: York U study”, 7 de septiembre de 2010. [15] Tom Hodgkison, op. cit. [16] «Moldavia es un país en el que existen muy pocas cuentas de Twitter […] Por su parte, en el caso iraní las personas que twitteaban sobre las protestas se encontraban casi todas en Occidente. “Es hora de poner en su sitio el rol de Twitter en los acontecimientos en Irán”, escribió Golnaz Esfandiari el verano pasado, en Foreign Policy. “Digámoslo claramente: no hubo ninguna revolución Twitter en Irán.” Bloggers importantes como Andrew Sullivan, que defendieron un papel destacado de las redes sociales en las manifestaciones en Irán, continuaba Esfandiari, malinterpretaron completamente la situación. “Los periodistas occidentales que no podían hablar –¿o quizás ni siquiera se preocuparon por ello?– con las personas sobre el terreno simplemente se dedicaron a pasearse por las entradas de twitter en inglés con la etiqueta #iranelection.” “A pesar de todo”, añadía, “a nadie parecía sorprenderle que personas que intentaban coordinar protestas en Irán escribieran en otro idioma en vez del farsi” Malcolm Gladwell, op. cit. [17] Íbid.

Àngel Ferrero colabora habitualmente con SinPermiso con traducciones y artículos de crítica político-cultural.

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