domingo, 10 de enero de 2010

Preocupaciones estadunidenses: ¿primero Alemania, ahora Japón?

Immanuel Wallerstein
La Jornada 10/09/10

La estrategia geopolítica de Estados Unidos después de 1945 se basaba en lo que parecía rocas sólidas: controlar a sus dos enemigos derrotados en la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón. Por largo tiempo, cada país estuvo gobernado por un solo partido conservador —la Unión Demócrata Cristiana (CDU), en Alemania, y el Partido Liberal Demócrata (LDP), en Japón. Ambos partidos impulsaron una política de alianza cercana con Estados Unidos, y de respaldo fiel a sus posiciones geopolíticas.
Este inquebrantable respaldo empezó a romperse primero en Alemania. La CDU comenzó a alternar el poder en 1969 con el Partido Socialdemócrata, cuyo canciller, Willy Brandt, lanzó la Ostpolitik, buscando alguna suerte de tregua con la Unión Soviética. El debilitamiento de los vínculos alemanes con Estados Unidos progresó lentamente hasta el quiebre significativo en 2003 cuando Alemania se alió con Francia y Rusia para derrotar la resolución que apoyaba Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y que habría constituido una legitimación a la invasión estadunidense de Irak.
Nada similar ocurrió por mucho tiempo en Japón, hasta el 31 de agosto de 2009, cuando el Partido Demócrata de Japón (DPJ), encabezado por Yukio Hatoyama, barrió al LDP del cargo a partir de una plataforma que incluía repensar la relación “subordinada” de Japón con Estados Unidos. En 1996 Hatoyama publicó un artículo donde describía el tratado de seguridad Japón-Estados Unidos como “reliquia de la guerra fría” y llamaba a Japón a “destetarse” de su “excesiva dependencia” hacia Estados Unidos.
Hacía mucho tiempo que había un asunto contencioso en las relaciones Estados Unidos-Japón: la existencia de bases militares estadunidenses en Okinawa y sus condiciones de gobierno. Para aminorar el desacuerdo, Estados Unidos estaba negociando un nuevo arreglo con el gobierno previo (del LDP) que pudiera transferir algunas tropas (no todas) de la isla de Okinawa a Guam, y reubicar la base militar existente a un área más remota de Okinawa. Hatoyama, sin embargo, parecía querer que las tropas estadunidenses abandonaran la isla por completo. Éste era el punto de vista de uno de los socios de la coalición del DPJ, el Partido Socialdemócrata, proferido en voz fuerte.
Había una complicación adicional. Justo en ese momento, salió a la luz un acuerdo secreto entre Estados Unidos y Japón. Okinawa había sido ocupada por Estados Unidos desde 1945, bajo su control total. Estados Unidos accedió entonces a “revertir” la isla a Japón en 1972, pero manteniendo su base. Pero había un problema. Estados Unidos tenía armas nucleares en Okinawa. Japón mantenía la política oficial de “los tres principios de los no nucleares” (no poseer, no producir y no permitir la entrada de armamentos nucleares a Japón). Supuestamente, estos principios gobernarían ahora la base estadunidense. Sin embargo, parece que el presidente Nixon y el primer ministro japonés Eisaku Sato firmaron un acuerdo en 1969 que permitía que Estados Unidos reingresara sus armamentos nucleares en Okinawa en caso de “emergencia”. Dado que ésta era una violación directa de la política oficial japonesa, se mantuvo en secreto y era sabido por muy pocas personas en Japón.
Además, tras asumir el cargo, Hatoyama añadió combustible al fuego haciendo un llamado público a la creación de la Comunidad de Asia Oriental, abrazando a China, Corea del Sur y Japón, pero sin incluir a Estados Unidos.
La reacción inicial de Estados Unidos a todos estos eventos fue considerar la posición de Hatoyama como la retórica de un gobierno “populista y sin experiencia”, y que no debía ser tomada muy en serio. Pero conforme Hatoyama continuó vacilando acerca la propuesta del nuevo acuerdo de Okinawa, el gobierno estadunidense desconfió más y más de él y se preocupó por las implicaciones de largo plazo de lo que parecía un nuevo giro en la estrategia geopolítica japonesa. A finales de diciembre, la secretaria de Estado estadunidense, Hillary Clinton, convocó al embajador japonés para decirle tajantemente que Estados Unidos no se movería de los términos del propuesto nuevo acuerdo acerca de la base militar. El Washington Post informa ahora que Estados Unidos está “molesto” con Hatoyama, y considera la posición japonesa como tal vez más “problemática” de lo que habría pensado con anterioridad.
Es cierto que los dos periódicos principales de Japón, el Asahi Shimbun y el Yomiuri Shimbun, han escrito editoriales y artículos de opinión este último mes advirtiendo cautela contra este quiebre con Estados Unidos. Pero también lo hicieron los periódicos conservadores en Alemania conforme se apartó del alineamiento total con Estados Unidos. No obstante, Hatoyama se haya bajo presión política para disminuir el paso en el distanciamiento hacia Estados Unidos, y como tal él vacila. Pero vacilar no es lo mismo que restaurar lazos cercanos con cualquier aliado que previamente no necesitaba preocuparse acerca de la lealtad de sus “rocas sólidas”.
Actualmente se piensa que el gobierno conservador de Corea del Sur comparte el punto de vista estadunidense hacia Japón. Sin embargo, el propio distanciamiento de Corea del Sur con respecto de Estados Unidos comenzó hace mucho, e inicialmente ocurrió bajo el liderazgo del mismo partido conservador que ahora está de nuevo en el poder. En 2003, el gobierno sudcoreano admitió que había estado enriqueciendo uranio y plutonio en secreto por 20 años. El proceso fue mucho más allá de cualquier cosa que Irán haya sido acusado de hacer, crear armas nucleares en violación al Acuerdo de Salvaguarda. Esto nunca lo remitió al Consejo de Seguridad de la ONU la Agencia Internacional de Energía Atómica, pero revela el grado de autonomía del gobierno sudcoreano con respecto la dependencia con Estados Unidos.
Si uno combina lo que está ocurriendo en Japón y Corea del Sur, con la creciente reafirmación geopolítica de China, parece bastante probable que la siguiente década presenciemos considerable movimiento encaminado a crear la Comunidad de Asia Oriental propuesta por Hatoyama. Y mientras Alemania y Francia se acercan a Rusia, y Japón y Corea del Sur se acercan más a China, Estados Unidos ya no puede contar, de ningún modo, con las dos rocas sólidas sobre las cuales construyó su estrategia geopolítica como potencia (alguna vez) hegemónica del sistema-mundo.
Traducción: Ramón Vera Herrera

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