martes, 4 de octubre de 2016

El candidato Donald Trump

José Valenzuela Feijóo

Donald Trump no es una persona que llame la atención por su sofisticación, por su cultura y por tener una amplia y profunda visión de las realidades políticas. Diríamos que es más intuitivo que reflexivo. Y se mueve con cargo a una visión política más bien tosca. En breve, no parece tener ni remotamente los atributos que se le asignan a un estadista. Pero no es menos evidente que ha logrado una muy fuerte penetración en el electorado estadounidense.
Esta pudiera ser la interrogante clave: ¿cómo un personero tan simplón ha logrado tanto arraigo?
Primero: diríamos que Trump no es un hombre que pertenezca al denominado “stablishment”. ¿Qué entendemos, en este texto, por “stablishment”? A veces, se entiende por el vocablo al conjunto de grupos y personas que poseen y ejercen el poder económico y político en un país. En este caso, la referencia implícita es más bien a la clase dominante. Es decir, la clase que se apodera y controla el excedente económico y, a la vez, controla y ejerce el poder del Estado. Con un problema que queda en el aire: ¿se trata de la clase o de los administradores de los intereses básicos de esa clase?
Si se trata de la clase dominante, entonces el concepto de stablishment sale sobrando. Es una pura duplicación de una categoría de más antigua data y que, por cierto, no ha perdido su relevancia. 
Si vamos a salvar el concepto, debemos buscar por otro lado. Más útil, pensamos, es entenderlo como el grupo –bastante amplio- que administra los intereses de la clase dominante. Y lo hace, con cargo a todo un sistema de reglas y valores. O sea, opera como un grupo social sujeto a cierta argamasa institucional. Y las instituciones, recordemos el abecé, son relaciones sociales (i.e. conductas) sujetas a patrones de conducta socialmente determinados. O sea, nos señalan el cómo comportarse, el tipo de conducta que se debe desplegar en tales o cuales contextos. A la vez, prescribe sanciones (morales y hasta legales) para los que se apartan de esas normas. Las pautas de conducta que regulan la actividad de esos “administradores”, se entienden y califican como “lo políticamente correcto”. Por ejemplo, el señor presidente equis es homosexual y este tipo de preferencias genera rechazo moral. No obstante, lo “políticamente correcto” es callar ante esa situación. Otra, muy frecuente: siempre se habla –se debe hablar- de la libertad de palabra y de opinión. Pero los miembros del gobierno y los dueños del medio televisivo saben que la libertad sólo se aplica para una delgadísima capa: los miembros del poder. Es decir, si existe un oponente radical, no será sujeto de esa libertad. Muy al contrario, sufrirá del silencio o, si aparece, será para recibir los más duros comentarios: “desalmado”, “enfermo”, “disolvente”, “terrorista”, etc. Si el medio no se pliega, sufrirá represalias del gobierno: no se le comprará publicidad, se examinará con sumo cuidado sus declaraciones y pagos tributarios, etc. Y vice-versa, si el político y gobernante amenaza con medidas inconsultas (por ejemplo, elevar la carga tributaria para las grandes empresas), el medio presionará en contra de esos sujetos. En breve, opera un sistema de controles mutuos.   
Al final de cuentas, se puede sostener que lo “políticamente correcto” es conducirse y sobretodo hablar en público (en privado es otra cosa) en términos que no dañen la legitimidad del sistema. Como señala el muy viejo dicho: los trapitos sucios no se exhiben al público sino que se lavan en casa. El mecanismo funciona –es eficaz- en tanto la gente, los que están fuera del “establecimiento”, piensan que los valores y normas reguladoras son correctas y de que –“last but not least”- son respetadas por “los de arriba”, los que integran el establecimiento. Deja de funcionar, cuando esas creencias se resquebrajan. O sea, cuando “los de abajo” ya no se la creen y piensan, en su mayoría, que los integrantes del establecimiento no son más que una pandilla de hipócritas, con muy altos ingresos, que dicen una cosa y hacen otra, etc.
¿Cuáles son las funciones del “establecimiento”? ¿Quiénes lo integran?
El establecimiento está integrado por los que administran el poder de la clase dominante, en lo económico y en lo político. A veces, en términos más bien minoritarios, aparecen en este grupo, los grandes empresarios. Pero no es ésa la regla. Los grandes propietarios suelen concentrarse en sus negocios económicos (los Larrea, los Slim, etc.) y la política que practican suele ser en términos privados, no públicos. En su mayor parte, le encargan a otros la administración política (ministros, presidentes, parlamentarios, jueces, etc.) e ideológica (periodistas, publicistas, medios en general) del poder. Estos administradores, son los que integran el “stablishment”. Para el caso, valga recordar la regla: los representantes políticos e ideológicos de la clase dominante no deben, necesariamente, ser grandes empresarios. Lo que importa es que piensen y sientan como esos grandes empresarios. O sea, más que responder a órdenes explícitas, deben actuar motu proprio como si fueran parte rigurosa de la alta burguesía. En suma, llegan a sentir y pensar, a reírse y llorar, como lo hacen sus patrones.
Las funciones del establecimiento son, por lo tanto, cumplir con la administración del poder político e ideológico de la clase dominante. Y al hacerlo, asegurar la legitimidad del sistema. Y no olvidemos: administrar no es lo mismo que ser dueño. En las grandes corporaciones el punto es muy claro: existe la alta tecno-burocracia en la cual los dueños delegan buena parte de la gestión empresarial.  Pero, en última instancia, siempre son los dueños los que toman las decisiones básicas: los dueños dejan cesantes a los gerentes,               pero no se sabe de gerentes que expulsen a los dueños. 
Conviene agregar: el establecimiento tiende a ser conservador. Las normas que regulan su comportamiento y los valores que dice sostener, tienden a reproducirse a lo largo del tiempo. Y suele tener dificultades para adaptarse a nuevas condiciones históricas que exijan cambios relativamente significativos. Cambios, subrayemos, que suelen ser vitales para la misma preservación del sistema. Por lo mismo, estos cambios no suelen surgir desde dentro del “establecimiento” sino, más bien, desde fuera, impulsados por “out-siders 
o personeros que habiendo sido miembros, se salen de él. Por ejemplo, en el caso de Estados Unidos, luego de la gran crisis de 1929-33, surgió la necesidad de un cambio sustantivo en el sistema. Este fue impulsado por F.D. Roosevelt, que habiendo sido parte del sistema se alzó contra él. Al cabo, reflotó al capitalismo estadounidense y le infundió una fuerte vitalidad. Y como casi siempre ocurre, este cambio político fue acompañado por una fuerte alteración ideológica: la rebelión anti-neoclásica empujada por Keynes. 
Volvamos a Trump. Es un capitalista-empresario muy poderoso y estricto miembro de la clase dominante. A la vez, en su incursión política, se ha caracterizado por escapar a lo que es “políticamente correcto” y, por lo mismo, por situarse fuera y hasta en contra del “stablishment” estadounidense. Con gran escándalo y temor de éste.
La campaña del establecimiento contra Trump resulta impresionante: “nunca en la historia de los Estados Unidos un Presidente, un Jefe del Supremo Poder Judicial, han impulsado tan abiertamente por derrumbar a un candidato presidencial. Nunca la totalidad de los medios de comunicación se han empeñado día y noche en una propaganda unilateral para desacreditar a un candidato presidencial, ignorar o distorsionar sistemáticamente los puntos centrales de su oposición”.  
¿Acaso Trump es un “comunista camuflado”?  Ciertamente esto es absurdo. Trump es un gran burgués, en política es muy derechista y busca una transformación del capitalismo neoliberal estadounidense. Obviamente, en favor del capitalismo y no en contra. Esto es lo primero y básico.
¿Cuál es el contenido medular de la propuesta de Trump?
Obstaculizar la inversión de las grandes corporaciones estadounidenses (CMN)
en el extranjero y, a la vez, estimular la inversión en el territorio nacional. Para ello, aplicar impuestos más elevados a las ganancias obtenidas en el extranjero y reducir la carga tributaria de las empresas en el territorio. En el mismo sentido, busca renegociar (hasta desahuciar) los tratados de libre comercio en cuanto llevan a las grandes CMN a desplazar sus inversiones hacia los países que son contra-parte.
  1. Impulsar un fuerte programa de inversiones públicas en infra-estructura que ayude a impulsar el desarrollo industrial. En parte para generar empleos y en parte para generar economías externas a las empresas industriales.
  2. Obstaculizar la llegada de trabajadores inmigrantes. El propósito sería mejorar el empleo y los salarios para los nativos.
  3. Reducir drásticamente el saldo externo deficitario de la economía de los EEUU. Estimular las exportaciones (por la vía de mejorar el desarrollo industrial y el progreso técnico) y reducir el actual coeficiente de importaciones. Para lo cual, no parece rehusar la aplicación de políticas proteccionistas conocidas.
  4. Cancelar o amortiguar el apoyo financiero de EEUU a la Nato : que “los europeos paguen nuestro apoyo militar”. A la vez, evitar la intervención militar en guerras que desgastan y no ayudan al poder de EEUU: en el norte de Africa (vg. Libia, Tunez) y Medio Oriente (Siria, Irak, Afganistán). Al parecer, piensa que esas guerras pueden beneficiar a Europa pero no a EEUU.
  5. Negociar con la Rusia de Putin y no impulsar políticas agresivas en este respecto.

Las propuestas de Donald Trump generan diversas interrogantes. Hay espacios en blanco, ciertas incoherencias y sobretodo, falta de concreciones más detalladas. Pero ahora nos interesa el sentido más general que están manifestando. Si tratamos de sintetizar y señalizar lo más distintivo, se podrían apuntar los siguientes puntos nodales: 1) fortalecer la economía de los Estados Unidos, en especial su base industrial; 2) Al hacerlo, mejorar sustancialmente el empleo. Probablemente, elevando también el salario por ocupado; 3) Junto con elevar la tasa de inversión geográfica (la que se efectúa en el territorio) asumir medidas proteccionistas que permitan mejorar sustancialmente el saldo de la balanza de pagos.
Para el caso, se podría hablar de un nacionalismo de derechas, con ciertas dosis de populismo. En lo medular, se propone reemplazar al modelo neoliberal imperante en las últimas décadas. Y en términos un tanto vagos e imprecisos, parece buscar remediar los serios problemas de realización que ha provocado el neoliberalismo en los Estados Unidos.
En términos también muy gruesos, el oficialismo busca preservar el estilo neoliberal (con algunos retoques menores) y critica a Trump en términos de: a) su apoyo al proteccionismo y sus eventuales críticas a la llamada globalización neoliberal; b) su nacionalismo que, se dice, amén de atentar contra el “libre comercio”, está teñido por el racismo. 
El grueso aplastante del stablishment se ha pronunciado contra Trump. Inclusive, buena parte de la dirección de los republicanos lo rechaza o apoya a regañadientes. Claramente, su candidatura se mueve contra el establecimiento. ¿Por qué, entonces, ha logrado concitar un apoyo tan masivo? 
Primero, la locuacidad de Trump en términos de no respetar lo que es considerado  
“políticamente correcto”, en vez de provocar rechazo ha concitado atención y simpatía: el tipo dice cosas que son ciertas y que los demás callan. Segundo, el tipo de mensaje que transmite está encontrando un suelo fértil.
¿Por qué? 
Uno: opera un creciente desencanto de la población con el sistema y sus resultados. O sea, ha empezado a crecer el descrédito de los políticos y de las prácticas convencionales que estos practican. La gente – “we, the people”- comienza a pensar que el sistema actual no es tan legítimo. Por ejemplo, entre sus mismos seguidores, se ha extendido un gran desencanto con el desempeño de Obama. 
Dos: el tipo de nacionalismo esgrimido por Trump, suele entusiasmar a capas medias y otros segmentos, que sintiéndose deprivados, rechazados y minusvalorados, siempre están propensos a ese tipo de nacionalismo rabioso, que recuerda bastante al de antiguas experiencias históricas de corte fascistoide.  
Tres: Donald Trump ha sido capaz de recoger, en términos hasta pintorescos, el profundo descontento de trabajadores, capas medias y medianos industriales (especialmente en su segmento blanco), las que se han visto seriamente perjudicados por la evolución de la economía en las últimas décadas.    

Trump y México.
En México, se cree que Donald Trump es un enemigo casi mortal del pueblo azteca. Se arguyen dos razones: i) su racismo antimexicano; ii) el que desee cancelar el Tratado de Libre Comercio (TLC).
En cuanto al racismo, lo podemos aceptar. Pero, ¿es acaso distinto al que practica la clase más alta de México? Si observamos la conducta de la cúpula neoliberal mexicana respecto a indígenas y pueblo en general, no sólo vemos un racismo extremo sino constantes y ya históricas agresiones, represiones y matanzas sin fin. En verdad, nuestra delgadísima capa dominante maneja un nivel de reaccionarismo y desprecio a los de abajo que es difícil encontrar en otras regiones y países. Por lo mismo, el ataque a Trump por su racismo, es una simple hoja de parra que encubre otros propósitos y rechazos.
El segundo punto es el ataque de Trump al “libre comercio”, en especial al TLC entre México y EEUU. Para un ex secretario de Hacienda, émulo contemporáneo de Limantour el entreguista, sin el TLC México no podría existir. En verdad, el TLC ha sido un instrumento perfecto para apretar más la dependencia de México respecto a EEUU. Sin el TLC la economía mexicana de seguro funcionaría mejor. Pero hay un aspecto a remarcar: sin el llamado “libre comercio” (que de libre nada tiene) y sin el TLC, los beneficiarios del neoliberalismo mexicano sí se irían al hoyo. Es decir, como suele suceder, un delgadísimo 1% del país cree que si ellos son perjudicados y hasta extinguidos, el país se desplomaría. Son como los reyes y monarcas del medioevo francés y castellano: “después de mí el diluvio, el vacío eterno”.
En breve, el eventual ascenso al gobierno de Trump, más tarde o más temprano dejaría en la estacada al neoliberalismo mexicano. Y es ésta la razón de los masivos ataques a Trump en México. También aquí, toda la dictadura mediática reinante se ha puesto en acción con resultados “óptimos” (para ellos): hoy, prácticamente todo México piensa que Trump es el enemigo mayor y Hillary una especie de virgen guadalupana. El engaño es gigantesco y se han ido con la finta hasta los más avispados. En breve, se reproduce la sempiterna conciencia alienada: lo que es bueno para el 1% es bueno para todo el país, incluso para los muertos de hambre que el modelo ha venido generando sin descanso.

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