viernes, 22 de abril de 2016

¿CAPITAL HUMANO?

Juan Salazar Vázquez 
José C. Valenzuela Feijóo 

Durante la Edad Media europea, la escolástica medieval (codificada por Santo Tomás de Aquino), funcionó como el núcleo de la ideología dominante. Las formas económicas y políticas del feudalismo, encontraban en ella, justificación y elogio. En la actualidad, ya avanzando en el siglo XXI, tales funciones las ha pasado a cumplir la ideología económica neoclásica (popularmente conocida como “neoliberalismo”). El capitalismo contemporáneo, monopólico, imperial y financiero, se afirma en ella para justificar su irrestricta dominación. Este corpus ideológico posee múltiples aristas. Una de ellas, especialmente popular, es la noción de “capital humano”. 
¿Qué se entiende por “capital humano”? La referencia inmediata es a la calificación de la fuerza de trabajo. O sea, años de estudios formales y de experiencia laboral, los que se traducen en eficiencia laboral, en “saber hacer las cosas”. Luego, como consecuencia, en mayores ingresos para la fuerza de trabajo más calificada. O sea, entre el nivel de los salarios (ingresos) y nivel de educación, se daría una fuerte correlación. Lo cual, en principio, se podría aceptar. Pero emerge la pregunta: ¿por qué hablar de “capital humano” y no de “calificación de la fuerza de trabajo”? 
En esto, observamos una falacia mayor que para nada es inocente. Es decir, existe una deformación conceptual políticamente determinada. Por un lado se diluye la noción de capital y de capitalistas. Se busca extraerle su asociación indisoluble con el fenómeno de la explotación. Por el otro, se habla de “capitalistas” que sólo viven de su trabajo. Deformar y edulcorar las realidades, tal es la función propia de las ideologías. Las inconsistencias de esta ideologización son múltiples. Podemos mencionar algunas.

Si tenemos doctorados y muchos años de experiencia, ¿Somos entonces capitalistas mayores? La pirueta neoclásica es brutal y se apoya en una noción peculiar y del todo falaz de lo que es el capital. Baste indicar: los capitalistas (empresarios propietarios) si no trabajan, siguen ganando millones. El que dispone de “capital humano”, si no trabaja, nada gana. Segundo: para los neoclásicos el valor del capital es igual a los ingresos futuros actualizados por la tasa de interés. Descontando las antiguas críticas de Sraffa, Robinson, Garegnani y otros a esta noción, (el razonamiento circular que maneja la teoría neoclásica del capital) podemos recordar que las empresas capitalistas se pueden vender y comprar. Se paga su “valor actual o de mercado” y con ello el nuevo dueño puede acceder a futuras ganancias. En el caso del capital humano también se predica: su valor representa la actualización de los ingresos salariales futuros esperados. Pero, ¿se pueden comprar y vender a los portadores de tal capital? Esto sería lo propio de una sociedad esclavista. Tres: el rendimiento de manejar uno u otro tipo de capital parece brutalmente dispar. Un joven ya con doctorado, en sus primeros contratos de trabajo, recibe un salario en el orden de los 10-12 mil. ¿Cuánto recibe un junior? Este, que usualmente es un “nini”, hijo de políticos, empresarios o ambas cosas a la vez, recibe “apoyos de papi”: “mesadas” suculentas, cuenta bancaria, auto último modelo, equipos electrónicos y celulares sofisticados, ropa muy chic, viajes a Miami o Europa. O para irse con chavas onda televisa a los antros de moda. Incluso para violarlas y luego exhibirse por internet. 
En suma se trata de fenómenos radicalmente diferentes y, por lo mismo, aplicarles la misma denominación, implica una real grosería conceptual. 
Estas formulaciones sobre el “capital humano”, tan de moda en la academia (que es una academia que vive de modas) y en la vida política, en la revista Forbes (edición mexicana, Marzo/Abril de 2016), se presenta un listado de 36 empresarios, considerados los mayores millonarios del país. Además de las exorbitantes cifras que constituyen su riqueza, se presentan los niveles educativos alcanzados por dichos empresarios; algo así como la “formación de capital humano” con la que cuentan. 
Según se muestra en el cuadro 1, ninguno de estos grandes empresarios cuenta con doctorado. Cuatro de ellos, han realizado estudios de maestría; en dos se especifica en que institución se realizaron dichos estudios, pero no se indica en qué especialidad se obtuvo tal grado; en los otros dos sólo se dice que realizaron tales estudios sin indicar dónde y en qué. Estos “maestros” representan el 11% de los empresarios del listado que gozan de dicho “título de nobleza”. Su participación en la riqueza total de los millonarios gira en torno al 7.4%, valuada en 10,218 millones de dólares. Luego, tenemos casi un 53% de grandes empresarios que realizaron estudios de licenciatura (se considera aquí a los ingenieros), aunque la información disponible no permite verificar tal afirmación, pues en muchos casos sólo se indica el nombre de alguna universidad. Este grupo de “licenciados” tiene una participación del 68.0% en la riqueza total de los millonarios. Si dejamos fuera al ingeniero Carlos Slim, que cuenta con una riqueza valuada en 50,000 MDD (36.1% del total), el resto de los “licenciados” logran concentrar un 31.8% de la riqueza total de los millonarios. Por último, tenemos un 36.1% (más de un tercio) que no cuenta con formación universitaria. A pesar de esta desnudez, concentran cerca de 25% de la riqueza total de los millonarios, o sea, 34,081 millones de dólares (de ahora en adelante MDD).
Los cuatro “maestros” concentran una riqueza de 10,218 MDD, lo cual implica una riqueza media de 2,555 MDD. Mientras que la riqueza media de los licenciados sería de 4,950 MDD. Es decir, aproximadamente el doble (1.94) de la riqueza media de los que tienen un nivel educativo más alto. Incluso, los ricos sin estudios son más ricos que aquellos que “se quemaron las pestañas” cursando un posgrado: manejan una riqueza media de 2,622 MDD. Pero incluso, si comparamos la riqueza de Carlos Slim con la riqueza media de los licenciados, vemos que la del ingeniero Slim es ¡10 veces mayor! ¿Cómo se explica que una “formación de capital humano” similar (mismo nivel educativo) genere rendimientos tan desiguales? Por el lado de la “experiencia gerencial” no existen grandes diferencias. Obviamente, la teoría del “capital humano” para nada opera en estos respectos. Lo que sí funciona es la teoría del capital a la Marx. Más precisamente, del capital monopolista. Valga agregar: en el caso de los grandes capitalistas mexicanos, el peso de las fortunas heredadas es bastante elevado, 38.1%. Si se deja fuera a Slim, la fortuna heredada llega a un 60%. A la vez, el logro de riquezas por “vías non sanctas” (trampas, robos, privilegios ilegales, etc.) es, muy probablemente (examine el lector, vg,. los “papeles de Panamá”), el principal mecanismo que se usa en el medio empresarial para agrandar el patrimonio familiar. 
En suma, el camino a las grandes fortunas, para nada pasa por el llamado “capital humano”



II 

La noción de capital humano no se ajusta con las realidades, es mentirosa y sólo sirve como mecanismo de dominación ideológica. Es decir, para “meterles el dedo en la boca” a los de abajo, a los asalariados y no asalariados que viven en el mundo de la pobreza y exclusión. Los economistas serios (y honrados) no la deberían manejar. Y no confundir con el fenómeno de la calificación de la fuerza de trabajo. El cual, sí es importante. 
¿De qué depende la calificación de la fuerza de trabajo? 
Una respuesta ingenua y que es casi tautológica indica: como resulta de los años de estudio formal y de la experiencia acumulada en el trabajo, la calificación depende del esfuerzo educativo que realiza el país: número y calidad de las escuelas, nivel del profesorado, equipamiento físico, etc. Lo cual, se mide con cargo a diversos indicadores: tasa de alfabetización, años medios de escolaridad, porciento del gasto en educación sobre el PIB, etc. En estos planteos hay un punto básico que se suele olvidar o manejar con gran superficialidad: ¿para qué la educación? ¿Para qué calificar la fuerza de trabajo? 
La respuesta debiera ser clara: la gente se califica y se prepara en función de las exigencias que le plantea la estructura ocupacional vigente en el país. 
En los tiempos previos al capitalismo industrial o más atrás (vg. en la época del feudalismo) el grueso del empleo (85% o más) se localizaba en la agricultura. Aquí, la tecnificación de los procesos de producción era muy baja y el entrenamiento de la fuerza de trabajo se realizaba en el seno de la familia campesina. La educación formal, no eclesiástica y relativamente masiva empieza sólo a partir de la difusión de la revolución industrial. En Francia, vg., esto sucede a partir de Napoleón, que fuera gran impulsor de la educación pública. Este fenómeno va estrechamente asociado al crecimiento de la ocupación industrial y al mayor peso de las grandes urbes. El tema es apasionante pero una nota breve no permite discutirlo. Nos basta aludir al fenómeno y mencionar el punto básico: en la relación educación versus estructura ocupacional, es ésta la que funciona como variable independiente. Las diversas ocupaciones ´plantean tales o cuales exigencias de calificación. Y el sistema educacional (el formal en especial), debe responder a tales exigencias. A veces, la respuesta se atrasa y genera problemas. Lo que no sucede es que la variable educación pase a regular el cambio en la estructura ocupacional. 
También se debe indicar: la estructura ocupacional es el reflejo del nivel y tipo de funcionamiento con que opera la economía. Si se quiere, del tipo de “patrón de acumulación” que en ella domina. 
En México, desde 1982 a la fecha impera el patrón de acumulación neoliberal. Su funcionamiento se ha tipificado por bajísimos ritmos de crecimiento y por una muy regresiva distribución del ingreso. La capacidad de absorción ocupacional del sistema es prácticamente nula. En la actualidad (inicios del 2016), el sector capitalista apenas si ocupa a alrededor de un tercio de la población ocupada. Y en el llamado sector informal se refugia un 60% de ocupación total. 
¿Qué actividades tipifican a la informalidad? Aquí, tenemos a vendedores ambulantes, franeleros, maleantes, “mil usos”, buhoneros, prostitutas, cafiches, narcos, etc. De suyo se comprende que para este tipo de actividades, el nivel de calificación formal que se necesita es mínimo. Nos encontramos, en consecuencia, con una estructura ocupacional que exige no más, sino menos educación formal. 
En México, el sistema de educación formal, con todas sus deficiencias, no ha dejado de expandirse y en relación al desempeño de otros países con un nivel de desarrollo parecido, no presenta grandes diferencias cuantitativas. De hecho, un examen cuidadoso de la información disponible apunta a un sobrante del llamado “capital humano”. Y no a partir de un sistema educativo con eficiencia alemana (o coreana). El punto es otro: la presencia de un tipo de economía, de corte neoliberal, que plantea exigencias mínimas de calificación. 
Valga agregar: en México, si a la educación formal le pedimos generar racionalidad, saber y capacidad para resolver problemas (el “know-how” americano), es fácil percibir que el sistema encuentra un enemigo inmenso: lo que genera el clima social y moral imperante en el país. 
El clima social y moral imperante puede reforzar a diluir lo que forja el sistema escolar. En el México de hoy, el impacto es disolvente. Cuando el alumno sale de la escuela, ¿qué encuentra en las calles, en el mismo hogar? ¿Qué ve y escucha en los canales de Televisa, en sus telenovelas, en sus programas deportivos, de chismes y espectáculos? Lo que estos medios vemos es un mecanismo de embrutecimiento e irracionalidad que es masivo y tremendamente eficaz. 
En la escuela, el alumno puede aprender que dos por dos es igual a cuatro. En la calle, verá que para empresarios, políticos, narcos y lúmpenes, dos multiplicado por dos puede resultar en millones y millones. Es decir, trampas y robos alteran las reglas de la aritmética más elemental. En la escuela le podrán enseñar las bondades de la Constitución, en la calle darse cuenta que es sólo una farsa que nadie respeta. 
Lo que el ser humano hace y sabe en su vida, depende sólo parcialmente del impacto del sistema de educación formal. La clave radica en lo que exige el medio social en que la persona nace y luego trabaja. Si este medio es avanzado, “tira” a la educación formal y esta termina por acomodarse. Pero un sistema educativo avanzado (suponiendo, con candor, que pudiera emerger) no es capaz de doblegar al medio social. En otras palabras, una educación moderna supone la presencia de un país moderno. De donde, una conclusión quizá obvia: si se quiere una educación muy avanzada se debe tener una economía de alto nivel, con una fuerte base industrial y con una estructura ocupacional que exija altos niveles de calificación. También podemos deducir: los que piden una reforma educativa avanzada, antes que nada deberían pugnar por un país muy diferente al actual. Pero, ¿se les puede pedir esto a los de arriba y a sus teólogos del ITAM? ¿No es como pedirles el suicidio?

2 comentarios:

  1. Muy interesante la linea de argumentación me gusta la posición no sólo economica sino de fondo ante la supuesta modernización educativa

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  2. Creo que este articulo es muy interesante y me impresiono mucho ya que se analiza la economía de un punto de vista diferente.

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